27 mayo 2018

Un hombre feliz.

Hoy sería un hombre feliz, si es que acaso me gustara el fútbol, que no, y fuese del equipo blanco, que evidentemente tampoco es el caso, pero de serlo, ¡ay, de serlo! en caso de no haber ido ayer a Ukrania habría podido pasar toda la noche deambulando por la Cibeles, o en Plasencia, si es que ha habido celebración, que imagino que sí. Una de las ventajas de vivir fuera de la zona de influencia del centro es precísamente no oír la fiesta habitual o las voces y máquinas de los barrenderos cuando a las siete de la mañana comienzan su labor. 
Sería ahora un hombre feliz, pleno gozo por la decimotercera de mi equipo, primera noticia de todos los noticieros del día de hoy. Porque ¿a quién le importa la crisis institucional que padecemos?, ¿a quién le interesan los chanchullos que se han hecho para aprobar unos raquíticos presupuestos sociales?, ¿de qué sirven todos los agobios diarios si uno no puede disfrutar de una buena victoria de su equipo?
Sería un hombre feliz desde ayer a las 16 horas que empezó la conexión radiofónica del partido y lo sería durante todo el día de hoy, vería en la tele -si es que no pudiera ir-  el magnífico despliegue de medios urbanos que se producirá para que los ganadores vayan a presentar su copa a la Virgen de la Almudena, que como todo el mundo sabe jugó en primera hace dos mil años, y luego contemplaría como esa misma copa se ofrece a la diosa pagana del carro. Porque hay que amar siempre a papá y a mamá. Un hombre feliz. 
Sin embargo me tengo que conforma con escribir estas líneas y comprobar que no accederé jamás a ese río de felicidad incontenible que es saberte campeón una vez más. Todo un éxito de mi vida logrado sin un ápice de esfuerzo. El milagro de Expaña hecho carne una vez más.

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