09 marzo 2014

Milagros de ciudad.

Entrar en la plaza y verla llena de gente, en plan iguana de Pascua, tratando de que los rayos del sol permanezcan en el cuerpo tras el diluvio continuado;
que antes uno ha recorrido el campus, integrado en la vida de la ciudad, también lleno de gente comiendo, niños jugando, deportistas aficionados y de élite corriendo, haciendo tablas gimnásticas o viajando en vehículos peligrosos como patines, bicicletas y skates de todo tipo. Cosas que me recuerdan a Picadilly, Trafalgar o Marte, cosas que me hacen sentir una ciudad y me proporcionan cierta alegría, porque el campo está muy bien, pero no nos pasemos de bucólicos.
Y luego está el antojo, que si no lo hago me quedo embarazao o similar, cinco puestos recorrí, en uno de comida basura pero helados deliciosos se habían acabado y esperaban -quizá traídos por el séptimo de caballería-  que llegasen en diez minutos, en tres más las colas eran más largas que para matricularte en la U.P. de Plasencia, al final divisé una pandilla de chicos preadolescentes tapando en su aglomeración un kiosko, (por cierto cada cual escribimos quiosco de cualquier modo), vendedor de helados de yogur con una moza que me lo rellenó al gusto regalándome un ingrediente más (otro milagro de felicidad). Nada, que Silvia, Deo gratia,  sigue bien.