15 enero 2014

Salud.

Me pasa que saludo a la gente, pero de cortés que no de valiente. 
Como imagino, no sin cierta lógica, que es mayor la probabilidad de que muchos disciernan a uno a la probabilidad de que uno lo haga con muchos (muchos, muchos), paseo por la calle a pecho descubierto mirando los rostros aquí y allá con la intención sicológica de percibir algún gesto de reconocimiento y anticiparme a su saludo con una amplia sonrisa. He de decir que esta acción no es por complacer sin ton ni son, sino para tratar de no decepcionar a nadie. Hay pocas cosas tan frustrantes como gesticular un hola (ahora sabemos que el lenguaje se independizó de los gestos) y no ser correspondido. Por tanto lo hago por fe en la humanidad, esa que aún cree que el locus saludo (no el militar) es la antípoda de la guerra.
Así me sucede que acabo haciendo conocidos que no conozco de nada, sobre todo por las mañanas, gentes a quienes veo poco (por la oscuridad, la niebla o el paraguas) y que acabamos siendo compañeros de viaje en sentido opuesto hacia nuestra tarea. O me pasa, también, que me siento ridículo al saludar a una persona que, esta vez, no me saludaba a mí, sino a quien me sucedía. En cualquier caso, como escribe mi admirado profesor G.H.B. Salud. Para todos, no teman, ya le dije que se lo iba a plagiar y él me dijo que eso era antiguo. Pues eso. Dense siempre por saludados.