05 mayo 2012

Arrojar Piedras (jpg presenta a jpw)



ARROJAR PIEDRAS
Javier Pérez Walias
(Colección Vela de Gavia, Ediciones de La Isla de Siltolá,
Sevilla, 2011)
He pasado el tiempo transcurrido, desde que Javier me pidió que presentara su último poemario hasta ahora, releyendo sus libros de los que tengo amplia representación en mi casa, y buscando referencias al poemario que nos ocupa entre los recursos informativos de los que afortunadamente tenemos abundancia hoy en día. Hablé con él también para recibir su feedback sobre las impresiones que sostenía. Presentar un libro de poemas, el libro de poemas de Javier, requerirá la cita entrecomillada de muchos versos que ustedes reconocerán, si lo han leído, o lo harán cuando lo lean. Espero que la Isla de Siltolá, editora del libro, no lo tome, tal y como advierte el copyright, como una forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de la obra. Al autor aquí presente me encomiendo.

Pérez Walias y servidor somos de la misma cohorte. Curiosamente él suele firmar jpw y yo jpg, como si quisiéramos que el acrónimo sostuviera nuestro ya medio siglo de vida pasado. Aunque no hemos compartido actividades; en nuestra infancia y adolescencia Plasencia era más pequeña, si cabe, que ahora y eso permitía referencias mutuas y conocimientos de calle, familias conocidas, amigos de amigos, baños de río... Le pregunté, no obstante, a Javier si alguna vez había arrojado piedras. Contestó que sí, que quien no ha tirado piedras al río para verlas saltar. Sin embargo, yo iba más lejos. Criado en PROCASA -entonces una especie de prebarrio- y él en el, ya entonces, barrio por definición de Miralvalle, indagaba yo si quizá no había ido a echar peloteras contra otros barrios. En particular La Data era para nosotros amigo-enemigo de combate. Aliado en ocasiones contra otros barrios y las más de las veces enemigo por simple cercanía, ya que solo lo cercano se odia y ama a la vez. Recuerdo de aquellos años sin consola y prácticamente sin televisión son algunas piteras que más de uno llevamos con honor escondida en nuestro cuero cabelludo.

¿Qué ha llevado -preguntaba yo- al autor de versos elegíacos a escribir un libro que invita a "pasear por los paisajes humanos ahora que el universo no existe"?. Trataba yo, desde mi condición de psicólogo de averiguar si la mitad de siglo de vida que sustentamos -o tal vez sea el siglo el que nos sostiene- nos ha hecho más realistas, más comprometidos, menos infantiles y difíciles de engañar. Javier se pone sus lentes y contempla la “línea púrpura de la vida sobre un mar de piedras” y siente la “inmensa lengua de hielo recorriéndole la espalda”.

Llegados a este punto debo confesar que creo poco o nada en la hermenéutica literaria y menos aún en la exégesis religiosa. Un autor como Walias no escribe para que entremos en su mundo, para que comprendamos los entresijos de qué acto o qué suceso le llevaron a componer un poema, como pongamos por caso, “La voz que nombra los peces”. El autor “ama la metáfora y el olor a hierbabuena” y tal vez alguien avispado pueda encontrar entre sus versos referencias a la infancia, a caracoles y lagartos infantiles, a muros, infranqueables en la niñez, que sin embargo nos encantaba desafiar y encumbrar. Pero su poesía es para el yo y para los otros, es una poesía llena de matices y abierta a muchas interpretaciones, rica en imágenes y en ritmo, libre y social. Dejemos pues a otros que indaguen en el infructuoso campo de las metainterpretaciones, o peor aún, en el famélico campo de la búsqueda de poetas o autores influyentes. ¿Quien de nosotros no es heredero de lo bueno y de lo malo del siglo pasado? ¿Cómo escapar y abandonar nuestro Zeitgeist?

Tampoco es ocasión, pienso yo, de recorrer la trayectoria poética de Pérez Walias que empezó a escribir mientras estudiaba en el Instituto Gabriel y Galán y que fue nombrado heraldo (permitidme esta expresión) junto a otros jóvenes poetas, a principios de los años 80, del boom de la literatura extremeña. Agrupados en torno a Senabre y otros profesores, a la Universidad de Cáceres y al Aula de Poesía de la Asociación Cultural “El Brocense” que los “programó” y fueron agrupados después en la antología “Jóvenes Poetas Extremeños en el Aula”. No voy a recorrer, repito, dicha trayectoria que se puede encontrar con mejores palabras que las mías en el prólogo que Serafín Portillo hace para la “Antología Poética (1988-2003)” publicado por la Editora Regional de Extremadura. Ni indagaré en el por qué de si su lugar preferido es Plasencia y su recuerdo los veranos de la infancia junto al río Jerte, sin embargo empezó publicando en Málaga y ha recibido más premios fuera que dentro.

En los ochenta, en Extremadura, como tratando de garantizar la rigurosidad de una ciencia que comenzara, los escritores, que así se autodenominaran, habían de ser culturalistas, casi barrocos, prácticamente ininteligibles al resto de los mortales. Sin llegar a ese extremo, sí que la primera poesía de Javier es distinguible de la actual. El período elegíaco formado por “Cazador de lunas”, “Versos para Olimpia” y “Los días imposibles” ha dado paso a una toma de conciencia de la realidad iniciada con “Largueza de un instante” y continuada en “Arrojar piedras”. Ignoramos todos, él también, qué derroteros tomará su próxima publicación, aunque tal y como está el patio de los recortes, queda poesía comprometida para rato. A mí me gustaría que la próxima obra de Javier se publicara en una editora extremeña, pero tampoco tengo claro si eso es mejor para su imparable oficio de escritor.

El libro de este autor, fundamentalmente intuitivo, pero perfeccionista y medido, que no deja nada a la improvisación, ni siquiera las citas elegidas al inicio de los versos, se divide en seis bloques: Arrojar piedras no es un gesto banal; Hay preguntas que nos acechan; Las palabras son para arrojarlas; Una línea púrpura sobre un mar de piedras; Desescombrar y Apuntalar la vida es la tarea. Los títulos de los bloques vienen a ser algo así como: Una explicación para quien leyera; Una búsqueda del aparejo necesario para encontrar las palabras adecuadas; El dolor que supone arrojar palabras por la boca del estómago; La toma de conciencia,; El reinicio y la Construcción.
Sería temerario quedarnos con una sola piedra de este todo. Los materiales se relacionan en este conjunto constituido por piedras que construyen y deconstruyen la vida. Que nos ofrecen la posibilidad de ponernos las lentes y ver lo que sucede a nuestro alrededor. Sería tentador para mí, aunque lo que acabo de leer está lleno de referencias a los poemas del libro, terminar esta presentación eligiendo unos versos; podría abrir el libro en cualquier hoja y todos serían un buen colofón al acto; pero concluiré -tan solo- agradeciendo a Javier que siga escribiendo y que presente sus libros en Plasencia, rodeado de quienes le apreciamos. Nada más que decir. “Y punto en boca”.