17 febrero 2011

De Pasiones y Viajeros en el Tiempo

Buenas tardes, Sra,..., Sr....José Antonio, muchas gracias a todos por acompañarnos esta tarde, me siento bien en un acto que es comprometido porque deseo hacerlo bien pero que de ningún modo es un compromiso porque lo hago con mucho gusto.

Las maravillas tecnológicas que poseemos en la actualidad (entiéndase internet), más que permitirnos acceder al mundo e interaccionar con él nos lo traen a casa. Así es posible que el VMC (Museo Virtual de Canada) contenga en unos bits de información 2500 museos y 580.000 imágenes disponibles para cortar y pegar (al menos hasta que entre en vigor la que se conocerá para siempre como “Ley Sinde”). Se aprobó antes de ayer en el Congreso por aplastante mayoría.


Viene esto a cuento porque hace unos meses alguien encontró y difundió por internet una imagen de 1940 que muestra una concentración de público vestida con traje de la época ||| y en medio un joven que parece usar ropa y accesorios no usuales para aquellos años. Enseguida muchos buscadores de lo insólito la consideraron la prueba fotográfica de los viajes en el tiempo. Lamentablemente, como alguien se encargo de demostrar, tanto la ropa como los complementos del joven ya se vendían por entonces pero casi nadie vestía tales prendas.

Confieso que he buscado entre las doscientas treinta imágenes que trae el libro de Plasencia Tradiciones y Lugares algo que me llevase a una curiosidad similar; un modernillo de la época caminando por Plasencia y dispuesto a romper las barreras de lo usual, pero no ha sido posible hallar más que los sombreros canotier -de moda entonces- y que curiosamente los marca tendencias quieren volvernos a imponer ahora.


Todo vuelve y quizá por eso nos fascinamos ante las fotografías antiguas y en particular ante las fotos que presenta José Antonio Sánchez de la Calle en el libro que nos convoca.


Buscar la foto, seleccionarla, y digitalizarla en condiciones, es solo una parte del trabajo, es el imago, el producto final pero no es más que blanco y negro sobre papel fotográfico, con ello nos quedamos sólo en el envoltorio; un viajero en el tiempo pero esta vez hacia el pasado. La parte más importante es la ofrecida por el historiador, que data la imagen en base a sombreros, blusas y pañuelos, jambas, enrollados, o construcciones y que restaura la historia encontrando a los personajes y acontecimientos que la mueven. Todos, sí, somos creadores de la misma, pero algunos siempre posan en primera fila.

El libro que nos ocupa podría bien haberse titulado el libro de las Pasiones Placentinas; definida la pasión como una emoción intensa que mueve al entusiasmo o al deseo, y así se indexan seis pasiones.


En el caso de la Pastora Virgen, que es también Regidora Honoraria de la Ciudad nadie osaría jamás a poner en duda el espíritu vehemente que suscita en muchos de nosotros. Recoge así el libro las masas arracimadas en su torno, como sucede, también ahora, cada vez que viene a pasar una temporada al Centro Placentino para volver poco tiempo después a su particular Castelgandolfo, y también muestra las primeras expresiones gráficas de los Días del Puerto y de la Ermita.


Tampoco discutiría nadie la pasión por el fútbol que se inició a mediados de los años veinte del pasado siglo merced a los militares y que pocos años después hizo emerger cuatro equipos que acabaron, de un modo u otro, creando el Plasencia Club de Fútbol. Uno es hijo de las victorias sonadas; algunas con goleadas tan espectaculares como las del Barça hoy, y otras tan importantes que se siguen recordando como venganza capitalina, con frases que han marcado la historia local deportiva y que nos han marcado también a nosotros como si de resistentes vetones contra el poder de la capital se tratase.


La pasión por nuestros centros de enseñanza, probablemente, como indica José Antonio se halla en la abundante presencia educativa de la que disfrutamos en la Edad Moderna. Uno creció con el mito de que Plasencia había sido ciudad universitaria, pero sólo llegamos a estudios superiores de Artes y Teología. ¡Cuántas decepciones he tenido que aceptar hablando con José Antonio y con muchos otros historiadores que tenemos la suerte de contar en Plasencia! Y a pesar de todo aún abundan los vendedores de leyendas placentinas. Contadores de cuentos que aún gozan del fervor popular y a veces también del Institucional.||| El caso es que, por una razón u otra, las escuelas particulares fueron abundantes en Plasencia a inicios del siglo veinte y luego, más adelante, uno era de La Salle o de San Calixto, del Gabriel y Galán o de las Pepas. Y la diferencias eran irreconciliables. Al enemigo ni agua.


La Plaza Mayor y Los Rincones son también dos grandes aglutinadores de emoción y pasión. La Plaza prácticamente solo ha conservado su carácter porticado, no en vano bien se le advirtió a Juan de Álava que hiciera así la Casa Consistorial, porticada y con balcones, para que pudieran verse los toros desde tan singular barrera. Buena vista y sin peligro. En lo demás, tanto la fachada del edificio como el contenido de la misma Plaza no ha hecho más que cambiar. Fuentes, bancos, rollos, farolas, torretas, aguaduchos, kioscos, templetes y hasta árboles, talados y plantados una y otra vez. Todo ha sido modificado en virtud de los deseos poblacionales o más bien de sus regidores. ¡Que venían las Misiones, se talaban los árboles, que venía el verano, se plantaban de nuevo!

Lo mejor de la Plaza es su adaptabilidad. Como dice José Antonio, ha sufrido un cambio que la ha llevado de lugar de mercado a enclave de prestigio y ahora a lugar de culto para el sector terciario. La Plaza expresa mejor que ningún otro lugar de Plasencia la economía Moderna y Contemporánea que sostiene a la ciudad.


La última gran pasión que muestra este libro, y quizá la más difícil de entender para quien no ha nacido aquí, es la de defensa del ejército y la oposición popular a su partida que llevó a uno de los Concejales que, a mi juicio, más carisma ha tenido en nuestra historia democrática a desafiar a duelo en una Jura de Bandera al Capitán del Acuartelamiento cuando el emplazamiento no era ya más que un anexo al CIR de Cáceres destinado a la extinción. Déjenme decirles que, para mí, aquel fue el último acto en el que aún contemplé el orgullo de ser Placentino.


Plasencia cantón, grítabamos (algunos) de joven, pero de eso no hay documento gráfico, al menos que yo conozca. Lo mismo ha sucedido en cierta manera con estas Pasiones que el libro considera.


Todas ellas de un modo u otro se han diluido. El ejército se fue -en deshonrosa retirada-; la Plaza y los Rincones no dejan de cambiar -desde mi punto de vista para mejor-; el fútbol ya no es lo mismo desde que se inventaron los canales codificados; la Enseñanza es ya casi homogénea, -como mínimo, el fracaso escolar abunda en todos los lares educativos-; y la devoción, a juzgar por el último robo de la medalla que sufrió la Patrona, ya no es lo que era. Por eso quizá es más importante aún la lectura y contemplación de las imágenes que este libro presenta.


¿Cuántos años dura el impulso a romper una fotografía en la que nos vemos horribles? ¿O aquella foto en la que hacemos algo que nos llena de vergüenza poco tiempo después? Unos años más y estaremos orgullosos de ver tal foto, de exhibirla, de prestarla y hacerla pública. Esos placentinos que saludan al modo fascista son también parte de nosotros y nos permiten entender de algún modo por qué somos así, y esas mujeres que lavan en el río son también parte de nuestra vida. Mi abuela lavó ahí y no es tan lejana la época en que entró en los hogares el mejor invento del mundo: La lavadora automática. Y esos niños que en el año del hambre van con latas para pedir mientras por la Plaza desfila el ejército en un Corpus Cristi somos también nosotros. Que nadie se engañe. No podemos escapar a nuestra historia. De ahí venimos y sólo entendiéndolo podemos construir un futuro mejor. Todos estamos en las fotos de este libro, algunos de modo efectivo, con nombres y apellidos y otros en la conciencia colectiva, el arquetipo social y sicológico que nos ha hecho ser como somos.


Por último, a nivel personal tengo que confesarles que por fin he visto al SeisDoble. Y sólo ahora entiendo al completo el dicho que mi padre me repetía con la gracia que sólo él tiene y que se coló en mi mente del modo más sencillo: Plasencia ya no es Plasencia / que es una gran población / con obispo y to la pesca/ y el SeisDoble a la estación.


Pues sea, así, nuestra gran población es lo que es y también lo que fue. Muchas gracias.