07 marzo 2010

Lejía

Precísamente esa tarde conoció a M. Una presentación habitual, dos besos, pocas palabras. Al fin y al cabo era la primera vez que participaba en el grupo y a los quince años tampoco hay mucho que pueda hablarse con una desconocida. Habían acudido al Parque de la Rana, el lugar habitual de charla y también refugio de los primeros besos, a veces eran una competición por ver qué pareja duraba más. M., como digo, acababa de llegar y él no usaba pareja así que pasaron el rato mirando a la nada más que hablando, pero entretenidos con un cigarro de vez en vez.
Les llegó el aviso a través de una conocida que pisaba estos mismos solares. Tu madre te busca, le dijo, por lo visto tu tío está muy grave.
Cuando, por solidaridad adolescente, llegaron todos a su casa la abuela informó de que el tío de la chica había ingerido una cantidad considerable de lejía y se debatía entre la muerte o la invalidez. Por fortuna murió. En la mente del grupo, ignorante por la propia edad de la miseria de vivir, se decidió -de nuevo sin palabras- adoptar para siempre a la desgraciada chica que acababan de conocer cuyos familiares se quitaban la vida.
Años después, sobre una silla recordaba este episodio mientras se ajustaba una cuerda de nylon al cuello. Sobre la mesa una nota. "M., no había lejía casa"