24 junio 2018

Exclusión.

Va camino de veinte años el trabajo que realicé y publiqué sobre exclusión social en el Polígono La Data de Plasencia. Un problema que me ha preocupado de siempre y que implica no solo la economía sino también los aspectos educativos, sanitarios y de crianza con la consiguiente copia, por parte de los hijos, del modelo social de sus padres. 
Echemos el leño de la culpa a la crisis, si queremos, pero la verdad es que el problema es de un ámbito mayor a que en 2008 se decidiera apoyar a los ricos y a los bancos mientras se disminuían los recursos de las clases más desfavorecidas y se recortaba la Ley de Dependencia. Las cosas no solo no han mejorado desde el 2000 sino que la exclusión ha aumentado y en países como Extremadura (¡Uy, perdon, se me olvida que nosotros no somos una comunidad histórica) el asunto es cada día más grave. 
Dice el INE (osea el Estado y no algún bolcheique con ganas de destruir Expaña) que aquí el riesgo de pobreza es del 38.8% (y creciendo) y que la diferencia con la media nacional (esa nación a la que le dedicamos banderas rojigualdas y que adoramos tanto) se ha duplicado. También dice el Organismo Autónomo dependiente de la Secretaría de Estado de Economía que en seis de cada diez casas es difícil llegar a fin de mes y que cerca de la mitad de las familias no puede permitirse una semana de vacaciones al año. Ir al Burger es para muchas familias el único extra que pueden permitirse si desean celebrar alguna cosa. Eso no lo dice el INE, sino yo. No es problema de quien gobierne aquí o en Madrid, ya hemos tenido   de los dos y, aunque gobernara un tercero en discordia me temo que todo seguiría igual. Años de historia, de dictadura y democracia confirman que todo es igual. Nuestro país, nuestras ciudades, pierden peso cada día. Un millón de votos no es nada y además aún creemos en la buena fe. Probablemente la exclusión nos la merecemos. Lástima.