07 noviembre 2017

Crónicas del desamor. Catulo enamorado (3)

El joven Catulo llegó a Roma a finales del siglo I a.n.e. y tuvo la terrible felicidad de enamorarse de una mujer casada mayor que él. Para preservar su anonimato la llamó Lesbos (así el poeta se inspiraba en la famosa Safo de Mitilene). A ella le escribía cosas como:
Dame besos mil, después ciento, /después mil otros, después un segundo ciento,/después sin cesar otros mil, después ciento,/
después, cuando miles muchos hiciéramos...

El anonimato suele volverse contra uno mismo porque si bien uno puede disfrutar del sexo como en una propiedad privada suele ocurrir que cuando ya no hay por qué esconderse las cosas no sean como se pensaba que serían. Así sucedió que Clodia (que así se llamaba) enviudó, y en vez de quedarse con Catulo eligió a un amigo suyo aún más joven para seguir disfrutando de la vida. Nuestro poeta romano no lo pudo soportar y empezó a escribir cosas como:
Salud, niña; ya Catulo resiste,
y no te requerirá ni rogará, involuntaria.
Mas tú te dolerás cuando ninguna seas rogada.
Impía, ay de ti, qué vida a ti te espera,
quién ahora a ti se acercará, a quién parecerás bonita,
a quién ahora amarás, de quién que eres se dirá,
a quién besarás, a quién los labios morderás.
Mas tú, Catulo, decidido, resiste.

Al final Catulo desistió de suplicar y se marchó de Roma. No podía soportar lo que le había sucedido. Así es la historia. Mañana hablaremos del Jugador afortunado. Seguro que os gustará más.