26 octubre 2017

A mí no me gusta.

Puede que sea un antiguo, que uno con la edad se vaya haciendo más radical y menos persona, pero yo creo que siempre he pensado así, estoy seguro de que con 15 años ya pensaba eso. He visto a F., era una chica -permitidme el pasado- que había estudiado en Institutos y más o menos había tenido una vida similar a la de muchas otras chicas. Ya se había casado (y separado) una mala experiencia que pensé era un buen antídoto. Hoy la he visto, no he podido darla un beso en la mejilla (no está bien), llevaba ropa que podría cubrir todo su cuerpo y el de dos personas más, su cabeza tapada,  y empujaba un carro con su hijo. ¿Entiendes? No he podido ni saludarla como se saluda a la gente normal. A mí no me gusta. Me da igual que me llames intolerante. No creo en eso. No creo que una religión o un dios pueda quebrar la vida. Ella, por supuesto, parece feliz. No soy yo quien lo cuestionará. Solo digo que no me gusta. No lo quiero. No lo querría para mi hija, no lo quiero para ella, ni para nadie. No he podido saludarla. La vida ha retrocedido ante mi doscientos años y el tiempo se ha detenido aburrido. ¿Qué se puede decir?. Afortunadamente, mientras tanto, una amiga esperaba paciente a que terminara esa "conversación", ¿qué tal? ¿cuánto tiempo? Dos besos y una parrafada sobre los hijos, la vida y los años me han alegrado la mañana.