15 marzo 2017

Mentiroso.

Mientes, lo sabemos, no te engañes más, es un hecho que mientes. Mentimos constantemente a diario, todos, y cuánto más inteligente eres más mientes. Mientes en tu trabajo a tus compañeros, mientes a tu pareja y mientes a tu madre y a tus hijos. Muchas son mentiras piadosas (¿para qué decir mi opinión real?) y muchas más son mentiras para evitar explicaciones, compromisos o malos rollos (que luego si te pillan es peor, pero mentir mientes) Este tipo de mentiras que tú ni siquiera las consideras tales hasta ahora que, si eres sincero, reflexionas en ellas, constituyen nuestra tela vital. Por supuesto no tiene ni punto de comparación a cuando un político dice a todos que sí para luego ser no, o cuando usa todas las artimañas para meter su hocico donde le interesa o colocar a un amigo. Eso no son mentiras, eso es de juicio. Lo malo no es que mientas, lo malo es que creas que no lo haces, que no conozcas el hecho, que ni siquiera te conozcas a ti. Desde que  dos psicólogos presentaron la ventana de Johari en 1955 (ya ha llovido) sabemos que todos tenemos una zona desconocida que ni nosotros ni los demás saben que existe y, peor aún, una zona ciega que nosotros no conocemos pero los demás sí. Si reflexionásemos sobre lo que vivimos (bastaría un poco de meditación diaria de unos diez minutos) sabríamos de qué madera estamos hechos y tal vez, solo tal vez, dejaríamos de mentir.