30 marzo 2017

Me mata este país.

Conocí al chófer del vehículo. No le conocí mucho tiempo ni abiertamente, pero le conocí brevemente. Ni siquiera tenía yo edad para que me lo presentasen formalmente pero le vi, me lo señalaron y le saludé. No me acuerdo de su nombre. Nadie, más allá de su familia, se acuerda de su nombre. No lo mencionó nadie, no lo menciona nadie. Una mañana cualquiera las escaleras del bloque en que vivía se convirtieron en un hervidero de voces, llantos y carreras. Mucha gente intentaba consolar a aquella mujer. Esa mañana temprano su cuñado había volado por los aires del mismo modo que lo había hecho el Presidente del Gobierno. Él era el conductor del vehículo y nunca, que yo recuerde, nadie lo mencionó. Me mata mucho como ha matado ETA, me mata mucho esto de los tuits, me mata que aún no se haya condenado el Golpe de Estado de Franco y, por seguir diciendo cosas, me mata el doble rasero de los abogados cristianos, me mata esta justicia de dos velocidades con mucha marcha atrás. Me mata, en fin, vivir en un país de fachada democrática con alcantarillas dictatoriales.