16 diciembre 2016

Montar un belén.

En casa siempre montábamos el belén, el físico antes, pero el de verdad ocurría la noche del 24 de diciembre cuando nos juntábamos todos a cenar con una excelente coartada que no admitía otra opción: Ella hacía los años justo en ese día. El belén se armaba por motivos diversos en un plis plas, una mesa grande hecha de tablón, búsqueda de sillas y taburetes por habitaciones (cada año necesitábamos más) y luego los temas de intendencia, que si la carne, que si el pescado que si la maravillosa sopa de almendras que no dejaré de recordar toda mi vida... También se armaba un belén ideólogico porque en casa no eramos de fútbol, así que la religión o la política siempre salían a los postres y el debate era intenso. En alguna ocasión se concertó no montar ese belén, pero era casi inevitable. En casa se nos educó en la religión verdadera y, por tanto callarse como putas ante injusticias sociales no entraba en el menú. Luego pasan los años y la vida y los belenes cambian. Cruzo los dedos por mi belén de este año y te deseo que montes el tuyo con esmero.