28 julio 2016

Multa.

Acudo como testigo en un caso de acoso sexual. Algo que sucedió hace dos años. Un proceso penal rápido, por lo visto. Tras una hora esperando en la puerta, al final los testigos no tenemos ni que entrar. El acusado acepta y se le impone una multa, aparte de pago de costas judiciales. Ni he preguntado cuánto, para qué, cuánto vale la dignidad de una persona, ¿y la de una mujer? ¿algo menos? Mientras tanto una preciosa rubita de dos años y medio llamaba la atención de todos los que estábamos allí. Con naturalidad se acercaba a otros grupos de gente y a otras etnias. Con naturalidad expresaba sus deseos: ¿te vas con ella? -le preguntaba su madre. No -respondía con rotundidad. Se va a la piscina -insistía la progenitora. Sí -afirmaba la pequeña. ¿En qué momento del proceso dejamos de hacer y decir lo que nos apetece y la cultura nos domestica tanto que somos capaces de suicidarnos haciendo lo que no queremos? ¿En qué momento dejamos de ser nosotros y nos dejamos avasallar? ¿Cuándo un no se entendió como un sí? Una multa.