16 julio 2016

Escuela de Taller.

A estas alturas casi que casi siempre expreso mi opinión aunque no mole mucho. Llevo años, dieciséis, pensando que las Escuelas Taller (alguien les cambió el nombre y con ello los logos) solo sirven para, durante un año o dos, dar trabajo a jóvenes y monitores. A partir de ahí búscate la vida porque la inserción laboral, se maquille lo que se quiera, es casi cero. Siempre he pensado que son más escuela que taller (ahora vienen más educados, es verdad, porque hay tanta demanda que se selecciona un poco) y que si alguien quiere formar aprendices y peques lo mejor sería subvencionar a la empresa que quiera formarlos. Ganaría la empresa y ganaría el aprendiz. Enseñar un oficio (tengo dudas de que se logre así), y además pagar por ello al aprendiz, me parece un despilfarro tan ingente, como el de esa C.A. que paga a los padres para que lleven a sus hijos al colegio (¡magnífico!). Mientras tanto miles de estudiantes que se esfuerzan por lograr un Grado reciben (y no todos) unas becas que no sirven más que para pagar matrículas universitarias cada vez caras, y cuando deciden hacer prácticas en verano siguen sin cobrar un duro y solo porque quieren aprender su oficio futuro. Es muy triste pensar, y no quiero hacerlo, que ser vago produce más beneficios que trabajar. Y entiendo que cuando se reunieron Almunia, Bolaños y Peridis la idea era buena, sin embargo las ideas se revisan, mejoran y modifican. Los paros subvencionados no son trabajo, ni tampoco Escuela.