17 enero 2016

Mira quién te insulta y te diré qué eres.

Me recuerda un anuncio de Carrusel Deportivo un episodio adolescente. En el anuncio invitan a participar de su cachondeo. Recuerdo que con 13 años echábamos mi primo y yo unas canastas en la terraza y, aquella tarde, lo estábamos pasando tan bien que repetí en bastantes ocasiones la frase ¡qué cachondeo!, hasta que una vecina se asomó para reprimir tal entusiasmo por los asuntos venéreos. Juro que aquella misma tarde descubrí que tras esa palabra había un significado grosero que yo desconocía y que prácticamente ha desaparecido en la actualidad. Así que me reafirmo una vez más en el convencionalismo del lenguaje o en la intención. No importa que te llamen ¡cabronazo! o cosas más fuertes, lo que importa realmente es el metalenguaje, es decir: quién te lo llama y en qué tono se expresa porque  la amistad permite ser un cachondo e incluso un mamón siempre que se compartan los mismos esquemas. Por eso cuando se dice de alguien desconocido que es un gilipollas, o cosas peores, debería de tomárselo en serio porque hay una altísima probabilidad de que lo sea sin duda.