24 enero 2015

Placuit Cándido.

No le perdonaron nunca que saliera de un partido, supuestamente independiente, y entrara de cabeza en el PSOE, no se lo perdonaron sus antiguos compañeros ni se lo perdonaron los socialistas que le decapitaron en virtud de alguna tendencia oficialista (hoy todos apuntan el nombre de quien fue, pero encontrar un chivo expiatorio no redime de la culpa colectiva. Aunque se intente). No se lo perdonó el pueblo que le organizó protestas y hasta una huelga general LOCAL, solo para demostrar que aquí no nos gusta que la gente cambie de ideas, porque antes y tras él ha habido muchos alcaldes que no han hecho más que rascarse la barriga y, sin embargo, no han tenido tal protesta popular. Así que Cándido sufrió, sí, y gastó suelas y kilómetros sin chófer ni coche oficial, y se enfadó con quien mandaba y le gritó y protestó. Al fin y al cabo no tenía nada que perder (salvo un sillón mucho más feo y un despacho menos acogedor que los de ahora). Cándido -sería por el boom inmobiliario- hizo del Ayuntamiento una empresa en la que entraba dinero y, además, trajo la UNED y consiguió un acuerdo a tres bandas para que la UEX no dejase huérfana a Plasencia. Sólo con esto ya habría motivo para hacerle una estuatua, pero hay mucho más. Hoy que todos reconocen lo buena persona que era y las intenciones poco oscuras que tenía, el presente le da la razón y el futuro le encumbrará. Ut placeat amara civitatem.