07 diciembre 2014

¡Leches!

No sé cómo se apañarán en las casas donde viva más gente, pero nosotros, que somos menos y ná, tenemos el frigo lleno de leches y otras leches parecidas. Recuerdo con nostalgia (y últimamente nostalgo mucho) cómo iba a casa de la Sra. Felisa todos los días con una lechera a por el blanco líquido recién ordeñado, que después de hervido  dos veces proporcionaba entre otras cosas una nata espesa de la cual salían unas magdalenas que no he vuelto a comer. Eso si antes dicha nata no era comida a cucharadas en un reparto entre mi padre y servidor. Luego llegaron los tetra y la magia terminó. La leche era para mí una prueba del vínculo familiar merced a una caída de lala una noche subiendo  por el Rosal de Ayala a Procasa (pero esa historia la contaré otro día). Por eso el tetra no me gustó desde nunca (aquello no era leche) pero jamás llegué a imaginar que todo iría a peor. No es que haya normal, desnatada y semi, es que entre ellas mismas las hay con menor grasa, y tenemos que añadir las con calcio (natural o añadido), y las variantes de no lactosa y soja ¡vamos, que somos tres y tomamos de cinco tetra distintos! Eso sí, como colores no tiene comparación, rosa pálido y azules decoloridos adornan la puerta del frigo iluminada por LED. ¡La leche, cómo ha cambiado el mundo en cuatro días!