26 noviembre 2014

Olvidado placer.

Él está de pié, tratando de mantener el equilibrio en el metro (un eufemismo de la vida que nos lleva traqueteando nuestra voluntad) solo con la fuerza de sus piernas. De ahí hasta la cabeza todo es suavidad y blandura. Ella apoya la cabeza en su hombro, está cansada, pero se siente plácida, feliz, protegida. Así circulan todo el recorrido mientras llego a pensar que quizá esa sea la prueba más fuerte del ateismo porque ella, esa niña que ahora descansa plácidamente sobre el hombro de su padre no recordará ese momento, no recordará esa sensación que podría salvar su vida en cualquier momento, cuando vengan mal dadas. Ella no podrá tener ese recuerdo almacenado en su hipocampo para poder disfrutarlo llenando de endorfinas su vida. Lo sé porque yo he estado ahí, las fotos blanquinegras (ya amarilleando) lo demuestran. Yo he estado ahí y odio no recordar esos momentos placenteros. ¿Cómo se nos puede aplicar esa pena de muerte al recuerdo? ¡Qué tremenda injusticia!