02 septiembre 2014

Si no os hacéis como niños no entraréis en el cielo.

Visito un antiguo -por el tiempo que llevaba sin ir- paraíso de agua fría de la Vera (como los pescadores falseando el lugar exacto de sus capturas prefiero callar el sitio y que cada cual descubra por amor como hice yo), como recordaba, semivacío, por lo fría del agua. En estos charcos la vegetación hace escasa la visita del sol y son como una enorme cubitera que mantiene el agua más que fresca. Así que hay varios adultos que ni se atreven a entrar o entran despacio, tan despacio que parece que el tiempo se detiene. De repente una tribu de cinco niños entre seis y ocho años visita el charco. El que lleva el balón lo lanza a la mitad e inmediatamente nada hacia él, en menos de 30 segundos los flacos y alegres niños están dentro del agua, todos han saltado, hasta el más pequeño, que lleva manguitos, se lanza en el lugar más oscuro, frío y hondo del charco. Pasan junto a los adultos que el tiempo ha detenido y juegan a mato. Nadan, renadan y el charco cobra vida. Me pregunto ¿cuál es el punto exacto en el tiempo y el espacio en el que uno deja de ser niño y se convierte en un estúpido adulto aburrido que siente frío al entrar en una calurosa tarde de verano en un plácido natural resort? (la cascada de agua sobre mi espalda vale más que cien spas). ¿Cuándo perdemos la esencia de la vida y dejamos de preguntarnos por todo para convertirnos en la vida en esencia y sabelotodos? Mientras tanto, afortunadamente algunos adultos de 74 años siguen pensando como niños y creando parques que, me temo, nunca veremos en estas tierras.