12 agosto 2014

Veranos.

Casi siempre son lecturas ligeras, de tableta, porque a uno le cuesta mucho pagar por leer tonterías y, sin embargo, ¿será por los títulos? , me siento atraído a leer estas maravillas de la edición (no llego a entender qué pueden ver los editores, peor aún, los editores españoles que encargan su traducción, para sacar a la luz cosas como la mujer que se quedó en la cama o las mujeres casadas hablan bobadas, por citar dos cositas de nada, que, claro, veo van reduciendo su precio porque no hay quien las mastique). Aparte de estas tabletadas, he elegido -como suelo- a Roth, mi eterno candidato al nobel literario, para aprender su Mal de Portnoy, (¡cuánta perdida al traducir complaint por mal, pero por otro lado, qué otra posibilidad traductora se presenta cuando el inglés juega tan bien con las palabras!) monólogo de un judío de 158 de C.I. a su psiquiatra una vez llegada la etapa del nosemelevanta. Era un adolescente cuando empecé a leer algunas de las novelas de la biblioteca de mi madre. Pearl S. Buck no me alentó demasiado, pero por puro calentón, no te lo voy a negar, mastiqué los trópicos de Henry Miller y, en menor grado, las novelas de Elia Kazán (que al principio pensaba era una mujer), me sorprendía que esas novelas escritas hacía tantos años dijeran esas "cochinadas", como no deja de sorprenderme el judío de Nueva Jersey escribiendo tantas palabrotas juntas en 1967. ¡Mil novecientos sesenta siete!, si en esa época en España no había más que rosario y penitencia, bueno, también plan de desarrollo, pero ordenado como dios mandaba. Pues eso.