09 julio 2014

Dame cremita.

De chico me rajé la pierna. El pedal se partió y algo afilado rajó mi gemelo derecho. En aquella época no había hospital, y llegar a casa con piteras era un descalabro familiar. Para no dar murga cogí los, por entonces magníficos polvos de azol, que ahora ya no encuentras en ningún botiquín, y ¡ale hop!, solo años más tarde alguien descubrió la cicatriz. Poco después empezaron las pomadas (el también milagroso tantum, que ahora es forte) y ahora no oigo más que anuncios de cremas y geles. Para el sexo, por lo que dicen, es casi milagroso, algunos consiguen que tu placer dure horas, pero para milagros las que te quitan unos añitos con solo aplicarlas. Te las das y, como si fuera una goma de borrar, te quitan las arrugas (luego vuelven, claro y las mejores solo son patrimonio de cantantes y otras gentes de pasta. A doscientos me las quería vender un cirujano plástico con quien realicé un curso de hipnosis). Las cremas más tipo Lourdesmecura son las que te las das y en diez días te quitan la barriga. Hay versión mujeres y hombres, pero lo mejor ha sido escuchar en la radio una crema culito diez, por lo visto, una mujer se la da y en nada el culito se le queda que a los hombres se nos parte el atlas con la vuelta de cabeza. Vamos, que por lo visto se vuelve a pasar de usar bragas a tanguitas. Los milagros de la crema. ¡Y yo que me eduqué soñando con la escena de la mantequilla!