12 abril 2014

Naranjazo.

Ahora dicen que el manzanazo de Newton fue un cuento inglés, pero tal y como pasa con los cuentos bíblicos -no en vano fue también teólogo- algo debió de suceder para que escribiese la Ley de Gravitación Universal (y otras leyes de cuyo nombre no consigo acordarme). 
No hace mucho bajaba un servidor la calle Alfonso VIII cuando un naranjo arrojóme una naranja, sobre mi hombro derecho, sin piedad. No puedo decir que me hiciese daño y tampoco que no me sorprendiera. En seguida me acordé de Sir Isaac y anduve rebuscando por mi corteza cerebral alguna idea que me hiciera aparecer en los anales, si quiera de Plasencia, que me otorgase un San Fulgencio o un dedicado en cualquier callejina de este antiguo Fuero.
No es sorprendente que no encontrase nada más allá de preguntarme porqué en la Perfida Albión compran estas mismas naranjas amargas en Sevilla y luego fabrican la mermelada de naranja amarga que a muchos gusta (incluido un servidor). No más. Sigo sin saber, al igual que de niño, por qué nadie aprovecha las naranjas de estos arbolitos, por qué no se plantan más y, por supuesto, quien se come los huevos de los patos. Poco aprovechamiento intelectual para tan certero golpe. Buen finde.