25 diciembre 2013

Mi magdalena.

Mi particular magdalena se repite las noches del 24, fecha en la que mi madre aglutinaba a todos mezclando con buen gusto su cumpleaños y la Noche Buena. Recuerdo aquellas noches en mi niñez, y más adelante, cuando nuestros hijos lo eran, como el arquetipo de una Cena de Navidad. A pesar de las discrepancias religioso-políticas que jamás dejaron de hacer acto de presencia (entonces hablaba el autoproclamado Caudillo), era -sin embargo- la mejor noche del año, el prototipo de la palabra Navidad. 
Ahora queda menos de todo aquello, aunque no imagináis con que ansiedad he esperado recoger a mi hija del autobús (eso de "vuelve a casa vuelve" hecho carne y sangre), pero más o menos, dentro de lo posible nos juntamos. Los niños ya no lo son tanto y la vida nos sigue quitando pelo y fortaleza, sin embargo sigue habiendo los mismos debates político-religiosos, merced a los mismos perros de distintos collares que se empeñan en dejar su firma en los boletines. Entonces vienen los postres y aparece la blanca sopa de almendras que prepara mi hermana G. quien aprendió a elaborarla a la manera en que lo hacía mi madre. Antes de tomar la primera cucharada pienso un  segundo en ese particular sacramento que voy a degustar y entonces me sumerjo en el fresco y dulce sabor de la sopa. Mi madre, como es de prever, no reaparece, pero yo percibo que casi todo, para bien o para mal, sigue igual que hace 50 años y entonces levanto el plato para pedir una segunda ración.