20 noviembre 2013

Plumas.

Leo, con cierto deleite, -no lo niego- en El Periódico Extremadura, que los patos de Plasencia se están volviendo poco menos que salvajes tras haber acorralado a una señora -ignoro la edad, condición y fortaleza- y a su acompañante nieta. Y lo leo con deleite porque me imagino el Parque de los Patos como un nuevo Parke Jurásico donde solo unos valientes camuflados y armados hasta los dientes se atreven a penetrar en tan terrible selva infestada de animales sanguinarios. Lo leo con deleite, porque siendo yo más chico que ahora, enseñé a mi hija -contraviniendo la ley y el sentido común que dicta no dar de comer a los animales- a acercarse a tales bestias de colores y ofrecerles de su mano trozitos de pan. Aún recuerdo la sensación que le producía aquel picotazo rápido que robaba ese pedazo de harina tostada. Lo leo con deleite porque siendo aún mucho más chico que antes, muchísimo más, nos acercábamos con mi lala mi primo y yo a ver los patos. Por aquel entonces no había chorro, ni caminos tan bien trazados, ni tantas lindezas como tienen hoy estos descendientes de dinosario. Una tarde, con nuestras caras empotradas en la alambrada que nos separaba de tanto peligro, se nos acercó un ganso -añadir salvaje sería redundante porque los animales aún domésticos no dejan de ser animales- y atizó un tremendo picotazo a uno de los dos (no te diré a quién). Por aquel entonces sí había guarda en Los Pinos, nos perseguía lanzando peñascazos tan grandes como el doble de pelotas de tenis cuando nos daba por molestar a las aves, tampoco había hospital, ni urgencias y si tenías que ir al médico, acudías al practicante, que ponía unas grapas de sutura y propinaba unos pinchazos peores que la mordedura del ánade (y encima tenías que pagarle). El resultado fue que hoy uno luce una ligera cicatriz. Una medalla al honor: un hombre que luchó contra bestias y sobrevivió. Lo leo con deleite. Vuelven las bestias salvajes a campar a sus anchas, y no tenemos al Señor Flores para evitarlo. ¡Dios socórrenos!