24 febrero 2013

Machácate para nada.

Un segundo en tu boca y años en tu panza, y lo malo es que la panza no parece tener intención de reducirse haga lo que haga. Temo que acabaré siendo una especie de palo embarazado, porque perder peso pierdo, pero ahí está (tal vez sí, más pequeña, pero aún visible) ese maldito abultamiento embarazoso. Malevolamente, (no puedo creer que nadie haga eso de manera cariñosa) algún, mal llamado amigo, pasa su mano por ahí. "La curva de la felicidad", dicen, o cosas aún más pérfidas. Lástima de ponzoña hechizada -tipo Harry Potter- que petrificara su lengua, la mano no, no sea que encima se quede ahí fija. Me retorna a mi infancia. En aquel entonces no había panza, pero algún mal llamado amigo de mis padres pellizcaba mis carrillos de vez en vez. Humillante incluso con tres años. No importa, me digo, seguiremos machacándonos, aunque solo sea por puro placer o diversión. O eso o camisas anchas tipo premamá.