10 febrero 2013

De deporte.

Me da mucha alegría haber desempolvado los patines de nuevo y volar cada sábado con ellos. Es un placer infantil que me permite cantar y bromear mientras mis años se desvanecen a cada paso rodado. El precio de alguna caída no es comparable al beneficio que obtengo. Es además un desafío progresar más allá de ir hacia adelante y virar, hacer ochos, zig-zag o patinar en cuclillas esperando el momento en que sea-(mos) capaces de realizar una pirueta simple; me devuelve el placer que siempre siento al aprender y que tanto echaba de menos. A las 12 horas, como en el cuento, niños (género) de poca edad  y sus mamás (también algún papá) precipitan el final de la clase. Comienza el fútbol, por lo que se ve, el único deporte posible, multitudinario y de éxito. Los niños (sin género) nunca verán el patinaje como posibilidad, aunque hayamos sido campeones del mundo muchas veces y también recientemente en hielo. Pero eso en los periódicos no ocupa tres líneas. Seguramente porque nadie está dispuesto a leer más de tres líneas sobre lo que popularmente se considera no deporte.