02 agosto 2012

Según voy colocando

encuentro en muchos libros cosas que los hacen únicos, aquello que nunca tendrá mi tableta. No me refiero al subrayado cosa que cumple con mayor eficiencia el libro digital sino a los pequeños detalles: unas entradas de cine, el marcapáginas hecho por mi hija un día del padre, la tarjeta de una exposición de pintura, una colección de sellos de la Expo del 92, un pétalo...
Y por otro lado me pregunto qué queda después de haber leído todos estos libros, sé que en tal volumen se hablaba de esto, o de lo otro, y tenía una cita interesante pero no recuerdo mucho más. Las tramas se olvidan, o se mezclan unas y otras y de los libros de ciencia, psicología y ensayo ni te cuento. Sé que hablan de A o de B, pero no me queda más remedio que repasar todo de nuevo si quiero explicar conceptos simples como la despolarización de una neurona. Si no fuera porque sé que he disfrutado con cada lectura (al menos con la inmensa mayoría) me sentiría ahora vacío, incapaz de responder a la pregunta de cómo es posible pasar tantas horas leyendo o estudiando y saber tan poco de todo. Releer. Varios (bastantes) han de ser leídos de nuevo. Por puro placer.