17 junio 2012

Un dicho malicioso me lleva a otras cosas.

"Como el cura no tiene mujer, alguno la tiene que poner", recitaba la gitana en voz alta ante la caja mientras su amiga protestaba al cajero, un chico de pelo rizado y coleta, o a la vida en general, lo que habían subido los precios. Si son cuatro cosas -renegaba- y eso que dicen que es el más barato. 
Me comentaban también (no las gitanas, ni el cajero), que así como cerrarán próximamente algunos bares -y hoteles ¿tal vez?- de esos que parecen insumergibles, cómo en la apertura de una cadena de prendas deportivas, cuyo anuncio en las pancartas situadas por la circunvalación y el polígono no deja de parecerme -¿seré yo solo?- una especie de anuncio de revista para hombres (por utilizar un eufemismo), no cabía ningún deportista más. 
El dominó sigue abatiéndose. Todos (aunque a mí me lo prohibió pronto la religión) hemos visitado las grandes cadenas en detrimento de las pequeñas industrias familiares locales (compra local), y poco a poco, como si abriésemos nuestra fosa cada día más, nuestros puestos de trabajo han ido desapareciendo. Algo de culpa tenemos. Creo.