17 diciembre 2011

El Peticionario.

El hombre, -ya no se le podía llamar muchacho- se acoplaba cada día a la mesa de trabajo dispuesto a realizar las mil tareas pendientes, el ronroneo del animal postmoderno con teclado, le indicaba su disposición a obedecer cada orden. Justo cuando iba a comenzar llegaba alguien, o sonaba el teléfono; tras ello volvía de nuevo a la tarea. Al final del día poco más que unos cientos de bits había otorgado al animal. Siempre era igual: Sentarse para levantarse a atender. Todas las interrupciones eran siempre idénticas en su forma y mayoritariamente en su fondo también: Dadme, dejadme, permitidme, concederme, otorgadme, prestadme... El hombre llamó a su oficina El Peticionario.