26 agosto 2011

La muerte de lo que da Vida

El señor Z. ha muerto, ignoro la causa. Estaba tan sano cerca de mi que no ha dejado de sorprenderme. Tenía 75 años y yo he estado viéndole hasta el final de la temporada de pesca de trucha muy cerquita de mi posición casi cada domingo. Vestía siempre con chaqueta, como si fuera a una cita importante, y con tal indumentaria sacaba las truchas. Durante esta temporada tampoco he visto a otro incondicional y me temo lo peor ya que el año pasado me relató cómo tras pescar un día se sintió indispuesto y acudió a urgencias donde le diagnosticaron un infarto. Después del susto volvió a lanzar su caña, pero esta temporada, repito, no lo he visto.
Así que la idea no ha dejado de rondar por mi perolo desde que he visto la esquela porque siempre he dicho -alguna vez caí entre rocas subiendo o bajando montañas en busca de peces (parece contradicción)- que no me importaría morir con las botas (de pesca) puestas.
Me gustaría pensar que ellos y algunos más como el Sr. Manolo, que me enseñó a pescar, o Escobero -que da nombre a una escuela de pesca en Plasencia- se hallan en el cielo, en un sitio especial donde van a pescar siempre que les apetece y sacan truchas grandes de más de tres kilos y algún día yo me juntaré a ellos para sacar la pintona más grande que exista.