30 noviembre 2010

El Geco (o nombrar, en mi caso, el pavor)

Decir o callar se sabe que va a ser total­mente indiferente, y de ahí que no sea cuestión de que el nombre de la cosa maligna llegue a dar miedo propiamente dicho, sino tan sólo de que, en supiendo que lo oye, parece que da como respetino de nombrarla. El nombre de la cosa maligna es tan absolutamente inofensivo como la carrera del geco o salamanquesa que rampa por el lucido de la pared, pero a semejanza de ésta, y por análogas razones, no necesita ser tenido por dañino para ser causa de aprensión. Del tímido, vacilante, verrugo­so y ceniciento geco aún está por saber que jamás hiciera mal a hombre alguno en este inundo, y vedlo ahí, sin embargo, cómo una vez más, acierta —pequeño pavor rampante— a dibujar o tal vez a escribir sobre el blanco del lucido la más expresiva, convincente e irresistible finta de endriago mensa­jero de las tinieblas y el horror.

Rafael Sánchez Ferlosio