03 septiembre 2010

Libros escolares

Como me saca de quicio, desde siempre, el hecho de vivir en un país (por llamarlo de algún modo no muy ofensivo) donde los libros de texto son un negocio editorial a costa del empobrecimiento familiar y para evitar hablar de carajo y otros términos deslenguados, contaré una historia del mismo niño del post previo. Faltaba un libro de lectura escolar que no llegó a tiempo (o vaya vd. a saber) así que marchamos -mi lala y yo- a una antigua famosa librería sita en plena Plaza Mayor a buscar el maldito libro de lecturas. ¿Cuál de estos es? -preguntó el vendedor-. Y desplegó sobre la mesa cuatro. Allí ví yo el libro de lectura escolar exigido y al lado otros tres que me dispuse a explorar sin temor. Elegí el que me gustó más sin dudarlo mucho. Pasé el curso entero leyendo el otro libro, aquel que a mí me pareció más interesante. De vez en cuando el amable profesor, que no me abochornó ni me maltrató, me permitía leer en voz alta alguna historia de ese libro distinto. Sin duda era más interesante que el resto y yo lo disfruté más. Dios salve a los buenos profesores y castigue a los malos ("Si no hay posibilidad de que un joven tenga un buen profesor, háganlo enfrentarse a un lisiado psicológico o un fracaso exótico; nunca a un profesor malo o aburrido" Robertson Davies).