11 julio 2010

Una antigüedad

La batalla

Al entrar en el bar aparecieron las chicas, perfume de alcohol, humo y sudor. Una de pelo corto, vestía pantalón ajustado, se marcaban las curvas de su culo, y un escaso jersey que no cubría los hombros ni la cintura, las bragas eran rojas. La otra era mayor, unos veinticinco años, llevaba mallas ceñidas y sobre ellas una minifalda de colores que hacía juego con su pelo descolocado de tonos naranjas y azules.

Montero fue el primero en verlas y aprovechó la ventaja para asir de la cintura a la mayor y con la otra mano pulpear entre las piernas de la niña. Quiso meterlas dentro del bar pero las prisas o la borrachera de las chicas les hicieron perder pie y caer rodando al suelo.

-¡Que me escoño toa!- gritó la mayor- y la risa floja impidió que pudiera decir otra palabra.

La de los pantalones acabó sobre el cuerpo de Montero y este, atento como siempre, la obsequió con varios besos en la boca.

-Creo mi alférez, que debemos llevar a estas damas a su casa –dijo Luisito ayudando al trío a levantarse-, aquí no cabe más alcohol.

Montero aceptó la idea con entusiasmo.

-A la orden mi alférez, y se cuadró, de modo militar, torpemente.

Luisito, era como todos, de complemento, milicias en verano y seis meses de prácticas militares al acabar la carrera. Había hecho químicas y era el más serio de los seis que nos juntamos en el Centro de Instrucción de Reclutas de Cáceres, siempre fiel a su deber, listo para marchar, insensible a la ciega obediencia que imperaba en el Centro. A los demás se nos revolvían las tripas contemporizando en el bar de oficiales con desechos humanos de tres estrellas o comandantes alcohólicos, pero Luisito soportaba heroicamente hasta el mus. Todo estoicismo tiene su hedonismo –repetía- sólo hay que encontrarlo.

Vivía el aquí como un paréntesis de vacaciones entre su brillante expediente académico y el cargo de director gerente de una famosa compañía de cosmética, que le esperaba con su nombre “D. Luis Gómez de Ayala” en relieves dorados, en cuanto pusiera sus pies en Madrid vestido de corbata. Además para evitar cualquier duda de imperfección era miembro numerario del Opus y jamás salía del C.I.R. sin haber escuchado misa. El hecho de que cualquiera de nuestras madres le hubiera adoptado sin dudarlo, no impedía que participara con bastante dignidad, todo hay que decirlo, en nuestras batallas.

Los demás malvivíamos en aquel recinto de vallas y torres de vigilancia deseando que llegara la tarde para salir a beber cerveza hasta morir por Dios o por la Patria si fuera menester. La primera ronda siempre la pagaba el que perdía la apuesta. Antes de salir llamábamos al juez, el alférez de guardia correspondiente, que ese día no nos acompañaría en la incursión, y formábamos dos filas paralelas, nosotros constituíamos la primera y la segunda cinco botellas de cerveza abiertas y dispuestas sobre la barra de la cantina de los soldados (eso no podía hacerse en el bar de Oficiales, allí sólo más de 40º). Con las manos a la espalda y a la señal del cabo mordíamos la botella por su boca y echábamos con ímpetu hacia atrás la cabeza para depositar de un solo trago todo el contenido en nuestra panza. El último perdía, aunque a veces el juez, o la afición que se arremolinaba a nuestro alrededor decidía otras cosas.

Al menos ese día teníamos una excusa, celebrar mi vigésimo séptimo cumpleaños y hacerlo hasta que alguien nos devolviese de nuevo al C.I.R.

Tardábamos apenas diez minutos –ducha incluida- en cambiar el traje de romano por el de calle, luego cogíamos un vehículo –siempre en riguroso turno- y conducíamos a 140 los dos kilómetros que nos separaban de la ciudad, adelantando en curvas o rectas. Nunca tuve claro si era por huir del cuartel o por llegar al bar, tampoco si nos sentíamos inmortales o simplemente idiotas, pero la suerte debía estar de nuestra parte o tal vez la muerte tenía otras cosas en que pensar Nunca hubo más carreras que las nuestras porque a poco de licenciarnos dos soldados perdieron la vida en aquel tramo y una pareja de Civiles se situó allí desde entonces a partir de las siete de la tarde.

Luisito hizo valer su autoridad moral y se ofreció a llevar alas chicas a su casa, un piso compartido de estudiantes no lejos de la zona de copas.

-Estas dos no pueden seguir así, -y haciendo caso omiso de las barbaridades de Montero-, las cogió de sendos brazos y como padre comprensivo escuchó las quejas que tenían pendientes con la vida hasta llegar a su domicilio.

Montero entró enfadado en el bar, se sentó en una esquina de la barra, intentando alejarse de nosotros lo más posible, y pidió una jarra de cerveza. Yo vi a una morena sola, sentada en un pollo y me animé a darle la tabarra con la esperanza de sacar algo en claro.

Habrían pasado cinco minutos cuando un estruendo inundó el local, levanté la vista y vi como dos tipos llenos de chinchetas, con pelos de punta y negro atuendo descargaban golpes sobre Montero. Salté sobre el más próximo y le golpeé con fuerza en el riñón derecho, el maqui –así llamábamos a esta raza- gritó de dolor pero soltó el codo hacia atrás rompiéndome el labio. Mis compañeros incorporaron a Montero tras dar cuenta de su agresor y yo descargué la rabia en los testículos de mi oponente. Pronto el bar fue un hervidero de vasos y botellas que volaban por todas partes. A mi derecha silbó un proyectil que se estampó sobre un espejo reduciéndolo a polvo. Alguien me empujó por detrás y animado por esa aceleración salí a la calle coincidiendo con mis compañeros en una carrera desbocada cuya finalidad era desaparecer antes de que llegaran los “poli-mili” alertados por el dueño del bar.

-¿Qué coños ha pasado?- grité perdiendo el aliento en la carrera.

-No tengo ni idea, -respondió Molina- ¿y los demás?

-Estoy aquí –gritó Montero por detrás- yo sólo le pedí la sal y el maqui se me reveló.

Llegamos a la parada de taxis y Molina, que era el más entero, acordó la carrera con el taxista mientras los demás nos limpiábamos la sangre.

Nada más llegar al C.I.R., Molina nos pasaportó a la enfermería, ocupó la sala de curas dando largas a los soldados de guardia y empezó arreglar los desperfectos. Yo sentía el dulzor de la sangre entre mis labios y también su palpitar sobre la herida. Montero tenía abierta la ceja pero bastó la limpieza y una pequeña tirita de aproximación para acabar con sus males.

En ese momento llegó el resto del batallón. Luisito tenía una brecha en la cabeza de unos cuatro dedos de larga. Según nos contó, tras conseguir averiguar el domicilio exacto de las chicas prometiéndolas que se quedaría con ellas a pasar la noche, las depositó en sus respectivas camas y aunque la más joven se durmió de inmediato, la de colorines –así la llamó- le sujetó con fuerza para evitar su huida por lo que balbució la excusa del baño y salió apresuradamente del domicilio justo a tiempo de asomarse a la puerta del bar y recibir en la sien –lóbulo temporal derecho nos dijo Molina- el impacto de un botellín de cerveza. Hubiera caído allí mismo si no hubiera sido porque justo entonces, el quinto alférez, Urrieta, le sujetó por el brazo y le arrastró a un banco cercano del parque del Príncipe donde le echó hasta que se le pasó el incipiente mareo.

Molina cortó el pelo y recogió uno a uno, con ayuda de finas pinzas, los cristales incrustados o simplemente repartidos por la cabeza de Luisito, luego limpió, desinfectó y cosió evadido totalmente de las quejas dolorosas y de los chanzas que repartíamos los demás. Montero repetía una y otra vez que sólo le pidió la sal, pero todos sabíamos que el haberle privado de las chicas habría desencadenado la batalla.

Diana sonó demasiado pronto esa mañana y Luisito, por una vez, no fue el primer mando en llegar, pero a las ocho estaban formadas las seis compañías de reclutas, con todos los mandos, suboficiales y oficiales al frente izando bandera. Sentíamos la mirada de los Comandantes y del Teniente Coronel descansando de modo continuo y alternativo sobre cada uno de nosotros, aunque se detenían mucho más en Luisito, tratando de percibir bajo la gorra la herida que se intuía en el lado derecho. Era evidente que, como siempre, radio caracol había funcionado y esparcido las noticias por todo el Centro

Al principio temimos que los acontecimientos hubieran desbordado la pública privacidad de la pelea pero no debió haber ninguna queja oficial, o nadie nos relacionó con el cuartel, lo que nos evitó el arresto de banderas. Entre sonrisas cómplices, los mandos nos preguntaban individualmente por la herida de Luisito

Mire mi teniente, esas ventanas de hierro de las habitaciones son muy peligrosas, el alférez Luis estaba estudiando –como siempre-, se levantó y se abrió la cabeza.

-Y a ti ¿qué te ha pasado en el labio?

-Ni idea mi teniente, será una calentura.

-Sí, en esta época suele haber pequeños accesos de fiebre. El teniente rió abiertamente y se alejó mientras decía en voz alta: ya sabes que en primavera, las mujeres se quitan los abrigos y se ponen las tetas.