21 julio 2010

De cochinos

El hombre hablaba de ello sin pudor, presumía de que el fin de semana que su mujer marchó a un asunto familiar (imaginen cuidar de alguien enfermo) aprovechó para comprar el cochino, idea absurda para ella (seguro que al final le tocaría todo el curro) y que él consideraba el acierto de su vida. Me dieron ganas de llamarle idiota pero entonces recordé que por esa misma razón tenía que afear al barrendero de mi calle que arroja sin pudor la basura dentro de las alcantarillas o al capullo de turno que acaba un flash y tira el envoltorio al suelo. Me imagino peleando contra todos y yo de superman ni el pelo. Además por deformación sé que todos tenemos algo en el armario. Pero dejando de lado la idea de que la legislación vale de poco no he parado desde entonces, y han pasado siete días, de pensar en el cochino aquel y para contentarme asumo que es cuestión de cohorte, edad y cultura, pero al minuto (maldita memoria emotiva) recuerdo a cierta psicóloga que, tal vez por amor, es avasallada de continuo y sigue y sigue, como las pilas esas inagotables, día tras día traga que te traga. ¡Un mundo feliz!