27 junio 2010

Monfragüe, otra vez

Ha tocado hacer una vez más (casi había olvidado esta práctica instructiva y maravillosa) de Cicerone. El recorrido que comenzó en Pedroso de Acim (el fraile anterior sabía mucho más y era más inteligente), siguió a Casas de Millán (por ruta o simples motivos adolescentes), Serrailla y su Cristu Benditu, Torrejón el Rubio y Monfragüe. Este último lugar, que he llegado a odiar, por ser la expresión física de la madurez y por tanto de la pérdida de libertad y juventud, volvió sin embargo a devolverme la fe en arrojar allí mis cenizas (desde luego lo que no quiero es descansar tras una pared de ladrillo enyesada para que alguien vaya allí a sufrir o alegrarse, que de esto nunca se sabe). Perder la vista desde lo alto del castillo y a la vez luchar porque el viento no te lleve es magnífico. Así que sí, por favor, que sea allí, si es que entonces no han prohibido ya subir al mismo (que todo podría ser) y a pesar de que el agua siga poniéndose verde en cuanto llega mayo por la consabida falta de oxígeno.