28 marzo 2010

Mercado de la Paja [en negro]

Mercado de la Paja [en negro]
Te digo que fue ella, la chica negra más bonita que vi nunca, quien me ofreció aquel higo de su mismo color, que aquí llamamos breva y que parecía una gigantesca y brillante gota de agua sagrada ofrecida como un extraño elixir de vida o de muerte a un ciudadano extranjero importante y también fue ella la que esbozó la primera sonrisa [cuando yo me paré a mirar aquel puesto, lleno de colores distintos y dulces aromas de néctares de frutas] a la cual respondí con el mejor de los gestos posibles, tratando de parecer lo que realmente era, un muchacho de dieciocho años muerto de hambre en un país desconocido, al que sin embargo había acudido con la única pretensión de recorrerlo desde el norte hasta el sur, sin una sola lira –que por aquel entonces ni se sospechaba la posibilidad de tener una moneda común, ni tampoco de tener el suficiente dinero para viajar fuera de nuestras fronteras- y por todo equipaje una mochila de mediano tamaño a la espalda [que sólo contenía un jabón, dos calzoncillos y tres camisetas de manga corta y color oscuro, para disimular mejor la suciedad], por la única razón de que ya tenía la edad necesaria, aunque tal vez no suficiente, para abandonar por siempre –durante un mes- el país gobernado por Franco a quien consideraba una especie de músico macabro que controlaba los tiempos de la gente con un monótono metrónomo, pero esa es otra historia, y cuando la miré con aquella cara de pena y de hambre, abrió el higo por la mitad mostrando el rojo intenso, moteado de negro con las semillas de su fruto y casi al unísono comimos cada cual nuestro pedazo, al tiempo que la tarde iba cayendo y el negro –otra vez ese color- de la noche iba adueñándose del Mercado de la Paja, permitiéndome por primera vez en doce días dormir de nuevo en un colchón abrazado a aquella fruta fresca y sabrosa.
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