06 febrero 2010

Nada que ver con Stieg Larsson

Lo primero que hago es cortar su cabeza. Sí, ya sé que puede parecerte duro pero te aseguro que suelen estar muertas cuando llegan, y de no estarlo, es el modo más humano de acabar con su agonía. Trato de que la sangre no manche mucho, aunque supondrás que es inevitable. En general la sangre, roja y espesa, siempre acaba ensuciando mis cuchillos y la pila pero no me molesta demasiado. Siempre hay que limpiar más tarde. Aunque no hubiera sangre ha de procederse a una limpieza exhaustiva del lugar tras la operación.
Hace años se encargaba de la tarea mi padre. Consideraba que no tenía aún suficiente edad para realizar estas labores de limpieza. Prefería, él, incluso hacerlo fuera de casa. Normalmente en espacios abiertos y con plenitud de agua, pero ¡créeme!, al final, aunque te ahorres algunas tareas de limpieza es aún más incómodo si cabe.
Suelo afilar bien los instrumentos porque la carne que protege las vísceras es de suyo blanda y no se realizaría un corte firme y recto si el cuchillo no estuviera bien labrado.
Mi hija está siempre lejos cuando el proceso tiene lugar. No soporta el olor -dice- ni tampoco ver como deposito las vísceras en una bolsa hermétrca para evitar fugas de líquidos. De todos modos prefiero estar solo mientras limpio y corto, y si mancho recojo si más complicación.
Luego entra en funcionamiento el horno. En la bandeja deposito las pintonas, la tripa sustituida por una extensa loncha de jamón, algo de aceite, especias y un buen riego de vino. Créeme de nuevo, a esta parte del proceso y lo que sucede a continuación, nadie le pone pegas.