19 diciembre 2009

Sueño

El primero en darse cuenta es mi perro Dylan que, notando lo extraño del suceso, no sé si ladra o me lo dice con voz humana: ¡Es de noche pero está amaneciendo! Efectivamente hay un eclipse, pero no es uno al uso. Es la luna llena quien va a ser cubierta o superada por un sol en movimiento (¡Ay, Galileo que ni con la rehabilitación has conseguido que dejemos de pensar que somos el centro de todo!) El espectáculo es increible porque va a durar escasos minutos todo. Se me ha olvidado un detalle. Estaba el perro, y claro, todo sucede en la casa de mi padre. Allí hay una gran terraza desde la que se puede observar el fantástico evento así que un montón de gente, mucha, más de la que se puede contar, acude a la terraza a contemplar la maravilla. Acceden por la puerta de la cocina y recorren los muchos metros de terraza interior hasta alcanzar la exterior. Todos miramos asombrados como el sol va comiendo poco a poco la luna e ilumina todo con su luz, son unos breves minutos, luego, tal y como aparece desaparece y la luz de la luna vuelve a dominar esta noche especial. Todos quedan admirados (yo como autor de todo esto, no me admiro mucho, como si fuera algo habitual para mí). Se ha acabado la función y la gente empieza a marchar. Algunos intentan cruzar por mitad de la casa, ya que a la terraza se accede también por el salón, y recorrer así su interior pero les digo amablemente que vuelvan a salir por donde entraron. La terraza se recorre de nuevo y segundos después me despierto admirando este significante sueño.
Me sucede ahora, desde que cambié de oficio, que habiendo suprimido las pesadillas, lo habitual sea recordar mis sueños.