08 enero 2006

Faltan 2 meses para el 19 de marzo

Corazón de pez

Saltamos del vehículo con la misma ilusión infantil que espera más regalos de los que realmente se tendrán. El alba cortaba la noche en el horizonte al tiempo que Félix y yo montábamos nuestras finas cañas de mosca.

Él siempre había sido más rápido. Quizás sus manos fuesen más ágiles o tal vez no les afectara tanto el frío de la mañana. De cualquier modo yo acoplaba los tramos de mi caña cuando su carrete interpretaba ya el rápido crac , crac, crac al compás de enhebrar la línea hasta la puntera de la suya.

-¿Qué mosca ponemos? –preguntó mientras abría una de sus cajas.

-Tal vez esa blanca- le indiqué observando aquel hermoso tesoro. Allí estaban clavadas, en ordenadas filas, como si de una perfecta formación militar se tratara, las efémeras, los imagos y los bétidos, siempre en pares idénticos y de mayor a menor tamaño. Los amarillos, verdes, granates o negros de las plumas de las aves eran para nosotros como piedras preciosas que pulíamos en casa las tardes de invierno en que no podíamos salir a pescar. En el lado opuesto de la caja se encontraban las ninfas.

Cogí una similar con collar de colgaderas de gallo y plumas de pato blanco sobre la tija. Pasé el fino sedal por la anilla y lo giré una, dos, tres y cuatro veces para curvarlo e introducirlo de nuevo por la abertura de la primera vuelta. Lo mordí suavemente y tiré del mismo hasta que quedó fuertemente anudado.

Encaramos el río contracorriente -avanzando muy despacio para no resbalar con el verdín de los rollos ni pisar por equivocación una poza profunda- al tiempo que los dos sacábamos el hilo con el típico movimiento de látigo, hacia delante y hacia atrás hasta que decidíamos posar suavemente la mosca sobre el agua.

Luego mirábamos fijamente su derivar al tiempo que con la mano izquierda sujetábamos levemente el hilo con la esperanza de sentir el ligero toque que indicara el ataque de una trucha.
De vez en cuando el reflejo del sol sobre las aguas me hacía retirar la mirada de la mosca. Era en esos momentos en los que soñaba que, precisamente entonces, el pez mordería el anzuelo. Ahora por fin, mi corazón latía acompasado